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Una utopía fracturada en el corazón de Estados Unidos

Mié, 01/22/2025

La anticipación alrededor de Megalópolis, la obra épica y ambiciosa de Francis Ford Coppola, ha estado marcada tanto por su visionario concepto como por las controversias que plagaron su producción. En esta película, Coppola intenta construir una alegoría política que explora los dilemas del progreso urbano y la fragilidad de las utopías en el contexto de una Norteamérica fracturada, tanto política como culturalmente. No obstante, vale preguntarse si la efectividad de su proyecto ha cambiado después de las elecciones presidenciales y el mundo que viene en 2025.
En Megalópolis, Coppola imagina una metrópolis futurista que encarna ideales de convivencia, modernidad y sustentabilidad, pero que enfrenta la resistencia de un sistema anclado en valores tradicionales y estructuras corruptas. Es imposible no relacionar esta narrativa con el debate político contemporáneo en los Estados Unidos, donde la polarización y la desconfianza hacia los proyectos de cambio estructural parecen haber renacido con un impulso inusitado. El director articula un diálogo entre las fuerzas del progreso y los intereses establecidos, pero su enfoque no siempre parece claro: en ocasiones, el guion cae en la trampa de lo didáctico, y en contrapeso, se tambalea toda la arquitectura del filme.
Visualmente, Megalópolis es una experiencia inmersiva. La fotografía de Philippe Le Sourd combina una estética monumental que evoca al imperio romano, con un uso de luces y sombras que recuerdan tanto la grandiosidad de Metrópolis (1927), de Fritz Lang, como la melancolía de Blade Runner (1982), de Ridley Scott. Sin embargo, esta estética futurista no está exenta de tensiones. Las imágenes pueden ser deslumbrantes, pero en ocasiones parecen priorizar el espectáculo visual sobre la coherencia narrativa. Por ejemplo, el poder cautivador del protagonista se diluye entre las tensiones amorosas y su introspección constante.
En cuanto al reparto, el elenco está liderado por Adam Driver, quien ofrece una interpretación cargada de intensidad y vulnerabilidad como el arquitecto idealista en el centro del conflicto. El dueto de Aubrey Plaza y Nathalie Emmanuel logran destacar, aunque sus personajes no siempre tienen suficiente desarrollo y por momentos lucen esquemáticos. Más problemática es la inclusión de veteranos de renombre como John Voight y Dusftin Hoffman, cuya presencia parece obedecer más al prestigio que a una función narrativa clara.
La edición es tal vez uno de los elementos más poderosos de Megalópolis, aunque Coppola se mantiene fiel a su estilo de montaje deliberado y contemplativo, tal y como puede recordarse en la saga de El padrino y La conversación (1974). No obstante, algunas transiciones resultan abruptas, debido a los problemas estructurales que surgieron durante el rodaje, los aprietos financieros y las negociaciones para su exhibición. A esto habría que sumar las denuncias del equipo sobre un ambiente laboral caótico, con un Coppola anciano que improvisaba acerca de la planificación de las filmaciones y en ocasiones se extralimitaba sexualmente en el set.
La recepción de Megalópolis ha sido divisiva. Mientras algunos críticos alaban la audacia de Coppola al ofrecer una visión tan personal y ambiciosa, otros señalan que la película a menudo se tambalea bajo el peso de sus propias aspiraciones. Para unos se trata de una visión anticuada debido a los años en que el proyecto estuvo engavetado, mientras para otros esas mismas incongruencias son el reflejo de la realidad de un imperio en declive. No obstante, en un contexto donde las superproducciones dominan el mercado cinematográfico, vale destacar la forma en que Coppola se arriesga al presentar un filme que desafía convenciones y juega con las expectativas del público. A pesar de sus fallas, Megalópolis es una obra que invita a la reflexión, un intento valiente de reimaginar el futuro político y cultural de los Estados Unidos. Sin embargo, su mensaje utópico puede sentirse desconectado en la era pos-Trump. En un mundo donde la tragedia y su parodia se abren paso hacia el futuro, una fábula política con repuntes esperanzadores solo funciona como espectáculo.