NOTICIA
A propósito de la Primera Muestra y Concurso de Cine Nacional Categoría Mejor fotografía
Este año el ICAIC convocó a la Primera Muestra y Concurso de Cine Nacional donde se reconocerá con el Premio Titón lo mejor de cada especialidad dentro del cine. Entre estas distinciones se encuentra el premio a mejor fotografía.
La fotografía es el proceso físico-químico (aunque ahora este proceso es mayormente digital), que permite fijar una imagen del mundo visible sobre una superficie fotosensible, gracias a la acción de la luz y de un dispositivo óptico. El cine nace gracias a que los hermanos lumiere inventaron el cinematógrafo, artefacto que mostraba de manera secuencial varios fotogramas por segundo (que más adelante y gracias al sonido se estandarizó en 24 fotogramas por segundo), y así crearon la ilusión de movimiento. Gracias a este inventom la fotografía se convierte en el sine qua non del cine, en una interpretación del mundo a través de un dispositivo técnico.
Para el realizador cubano Enrique Colina, la fotografía era la piel de la película, algo que podíamos tocar con la mirada. En Latinoamérica y particularmente en Cuba, la fotografía nace de la necesidad de mostrar la textura real de nuestras gentes y paisajes, sin mediaciones estéticas importadas.
Livio Delgado es ejemplo puro de esta necesidad de autenticidad estética que necesita el cine cubano en películas como Ociel del Toa (1966, Nicolás Guillén Landrián), Retrato de Teresa (1979, Pastor Vega), Cecilia (1981, Humberto Solás), Un hombre de éxito (1986, Humberto Solás), La inútil muerte de mi socio Manolo (1989, Julio García Espinosa) o El siglo de las luces (1991, Humberto Solás).
Livio supo capturar la luz del sol de Cuba, un sol que irradia a todas partes y sobreexpone cada paisaje, que se rompe en la suave marea del rio Toa mientras una pequeña canoa navega sus aguas, o se cuela en las ventanas con rayos puntuales, sobredimensionando la tragedia de la inútil muerte de un amigo.
También tenemos las experimentaciones casi expresionistas y de vanguardia de Jorge Herrera, donde todos los personajes están presos entre luces que los siguen a todas partes hasta sofocarlos como se percibe en Lucia (1968, Humberto Solás), La primera carga al machete (1969, Manuel Octavio Gómez) o Los días del agua (1971, Manuel Octavio Gómez).
Luego, están los cuadros azules de Raúl Pérez Ureta, de una ciudad encerrada entre el mar y el cielo, y a través de composiciones sublimes nos muestra lo pequeños que somos en una inmensa y erosionada Habana, como hace en repetidas colaboraciones con Fernando Pérez en Madagascar (1993), La vida es silbar (1998) y Suite Habana (2003) o en Amor Vertical (1997, Arturo Sotto) e incluso en Papeles secundarios (1988, Orlando Rojas) cuya fotografía se resuelve casi completa en interiores.
A todos estos se añaden la fotografía detrás, delante y encima del protagonista en Memorias del subdesarrollo (Ramón F. Suárez). Luego, Tomás Gutiérrez Alea colaboró con Mario García Joya en las retadoras fotografías de La última cena y en Fresa y chocolate, resueltas casi completamente en interiores, y además se recuerda la reproducción del ambiente teatral por parte de Raúl Rodríguez en La bella del Alhambra (1989, Enrique Pineda Barnet).
En este siglo, como en todas las demás especialidades del cine, la fotografía cubana se enfrenta cada vez a más retos, ya sea por el elevado costo de los equipos, por las nuevas técnicas y avances (muy lejanos de la realidad económica cubana) o por la escasez de la producción.
Aún así, estas limitantes no han sido freno para que el talento joven nacional capture a través de un lente el alma de un país, y así se coloca el alma y la cámara en un mismo eje; tal y como lo hacen Luis Najmías Jr en La edad de la peseta, Alejandro Alonso (Terranova), Marcel Beltrán fotógrafo de sus propios documentales, o Manuel Ojeda en El bosque intermitente, por solo mencionar unos pocos entre la gran promoción de directores de fotografía procedentes de FAMCA o de la EICTV.
A lo largo de los últimos diez o quince años han adquirido relevancia, por su trabajo, una serie de directoras de fotografía, mayormente procedentes de las escuelas de cine antes mencionadas. Pueden mencionarse, entre muchas otras, Lily Suárez (Chamaco), Heidi Hassán (A media voz) y Denisse Guerra (La tierra de la ballena).
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