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A propósito de la Primera Muestra y Concurso de Cine Nacional Categoría Mejor Dirección

Lun, 12/01/2025

La primera Muestra y concurso de cine nacional que convoca el ICAIC otorgará lauros en las distintas especialidades del medio cinematográfico, entre ellas se encuentra el premio Titón a mejor dirección de cine.
Definir en la estrechez de un concepto lo que seria la dirección cinematorafica, parece ser una tarea imposible. Todos estamos e acuerdo en que el director es la persona encargada de filmar el guion previamente escrito, bajo su tutela se lleva a cabo el rodaje y la sombiosis orgánica de la fotografía, el sonido, la dirección de arte, el montaje y la actuación, para lograr que todas estas especialidades tributen a lo que vendría siendo la obra (película).
La anterior definición proviene de la época del sistema de estudios de Hollywood, donde el director funcionaba solo como parte de engranaje, y contaba con la función casi exclusiva de dirigir a los actores. Esta noción de la dirección de cine es muy parecida a la que imperaba en el cine cubano anterior al ICAIC.
 Sin embargo, en los años 40 nace el neorrealismo italiano, movimiento en donde la visión del director alcanza mayor contundencia, pues la película viene a ser el medio por el cual este se expresa y dialoga con la realidad que vive.
Años más tarde, en los años 50 se desarrolla, gracis a  los críticos de la revista Cahiers du cinema, la teoría de la politique des auteurs, que propone que el director es el artista es el mayor responsable del resultado de la obra, y en ella se aprecian su estilo y cosmovisión, hasta el punto de trascender las convenciones del género, y las reglas del guion y de la producción. El director es a la película lo mismo que el escritor a su novela, la figura central y unificadora del filme.
El ICAIC desde su inicio contó con el neorrealismo italiano y la nouvelle vague francesa como principales referentes, y así entendió y configuró su cine en pos del director, entendido como autor. Gracias a esta forma de crear cine la industria cubana ha estimulado la realización que refleje el tiempo de la Isla, y la búsqueda de poesía y emoción para llegar a la conciencia del espectador.
De este modo han sido filmadas grandes e inolvidables películas como los cineastas que las crearon.Y aunque sería injusto solo nombrar a Tomás Gutiérrez Alea y a Humberto Solás, también sería ingenuo negarles la autoría de los dos más grandes filmes del cine cubano. Con referentes, estéticas y formas muy distintas, pareciera que Memorias del subdesarrollo y Lucía no pudieran separarse, quedaron inscritas en las profundidades del imaginario colectivo que ve en ellas otro intento por definirse y entenderse.
Los primeros años del ICAIC son también, el crisol de otros grandes directores que dejaron muy alta la vara del cine cubano: Julio García Espinoza (Las aventuras de Juan Quin Quin, 1968), Nicolás Guillén Landrián (Coffea Arábiga, 1968), Manuel Octavio Gómez (La primera carga al machete, 1969), y Sara Gómez (De cierta manera, 1975) que son solo algunos de los cineastas que en esa época cambiaron la concepción de la dirección cinematográfica en Cuba, tanto en la ficción como en el documental.
Los 80 son años cuando crece el número de producciones, con un auge de la comedia costumbrista y los filmes de corte histórico. El cine cubano postmoderno es hijo de directores que aprendieron a hacer cine trabajando en las primeras películas del ICAIC y en los noticieros de Santiago Álvarez, y muy influidos no solo por el neorrealismo y la nueva ola, sino por el nuevo cine latinoamericano o el producido en Europa Oriental, como Fernando Pérez (Clandestinos, 1987), Juan Carlos Tabío (Plaf o demasiado miedo a la vida, 1988) y Daniel Díaz Torres (Alicia en el pueblo de las Maravillas, 1991).
En los años 90 y los 2000 tempranos, empiezan a producir y filmar los realizadores egresados de las escuelas de cine, quienes le confieren al cine cubano nuevas estéticas y discursos. Es la época en que egresan de la EICTV cineastas como Juan Carlos Cremata (Oscuros rinocerontes enjaulados… muy a la moda, 1990), Jorge Molina (Molina’s Culpa, 1993)o Miguel Coyula (Clase Z tropical, 2000).
Al anterior grupo se sumaron Kiki Álvarez (La ola, 1995), Humberto Padrón, egresado de FAMCA (Video de familia, 2001), y Alejandro Brugués cuya película Juan de los muertos (2011), puso sobre la mesa de la producción audiovisual cubana la explotación intencionada del cine de género, y se constituyó en el primer gran éxito internacional del cine independiente cubano.
Los últimos tiempos están marcados por duros golpes a las producciones cinematográficas, y solo gracias al auge de las productoras independientes, en colaboración con el ICAIC, el cine cubano ha podido mantenerse. De este modo no solo cambian y se recontextualizan las labores del productor, sino que las películas necesariamente son diferentes a todas aquellas producidas en los dorados años del ICAIC.
Los directores no tienen más opción que el trabajo mano a mano con los productores, y así se crean grandes filmes con escasos recursos: Carlos Lechuga (Melaza, 2013), Carlos Quintela (La obra del siglo, 2015), Alán Gonzales (La mujer salvaje, 2023) y Armando Capó (La tierra de la ballena, 2024) son algunos de los que han tratado de continuar haciendo cine en medio de la gran depresión en la industria cinematográfica cubana.