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Las fortunas de hacer memoria
Lideran este acercamiento el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), que este 24 de marzo festeja su aniversario 66, junto a creadores de diferentes especialidades técnicas y artísticas, directivos, críticos y públicos
El acervo poderoso de la cultura nos alimenta desde un territorio fundado para pensar en profundidad el séptimo arte con lucidez política, valentía y voluntad. Crear en el más amplio sentido del concepto nutre una nueva vida durante la génesis y el avance de la Revolución transformadora. Con ella nació, el 24 de marzo de 1959, su primera institución, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfícos (ICAIC).
Ha sido y es registro de utopías, aspiraciones, complejidades, hechos, historias, protagonistas. En fin, valiosos legados cifrados en artes y letras al servicio de la sociedad en Cuba sin obviar la trascendencia internacional. Resulta imposible detallar pasos del largo y fructífero camino transitado. Pero, sin dudas, constituyen celosos depositarios de análisis importantes publicaciones de Ediciones ICAIC que remiten a innumerables investigaciones y hallazgos. Su directora, Mercy Ruíz, reconoció a BOHEMIA, cómo diversas perspectivas les permiten ofrecer en variedad de títulos informaciones, estudios, críticas sobre el cine y la cultura considerando sus repercusiones en los imaginarios sociales de públicos heterogéneos.
Tal visión tiene sólidas referencias en trascendentes acontecimientos. El notable intelectual Alfredo Guevara, quien fue fundador y presidente del ICAIC, creó la Cinemateca de Cuba, la revista Cine Cubano y estuvo entre los promotores principales del grupo de la plástica cubana que revolucionó el diseño del cartel cinematográfico. Alentó los valiosos proyectos del Noticiero ICAIC Latinoamericano y el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, y estuvo con voz y acciones entre los pioneros del movimiento reconocido como Nuevo Cine Latinoamericano. Creó y organizó con pasión, ideas y pensamientos su Festival, sí, el de La Habana, heredero y continuador de tantas batallas por la justicia social de los pueblos latinoamericanos.
Las fortunas de hacer memoria motivan leer volúmenes y ver el cine cubano en beneficio del reconocimiento identitario nacional. Uno de los tantos artífices del acontecer es el maestro Manuel Pérez Paredes, Premio Nacional de Cine (2013). Su filme El nombre de Maisinicú (1973) dejó huellas formativas y artísticas en espectadores de diferentes edades. Al hablarnos, comunica sentimientos entrañables, una brújula cierta en su vida. “La defensa del cine como manifestación artística de la cultura constituye una tarea de ayer, de hoy y de siempre. Lo más importante es que defendamos la unidad y que esta se fortalezca en la diversidad, sin perder de vista las búsquedas expresivas de las cinematografías y sus autores y autoras más destacados”.
En la propia sede del ICAIC, carteles e imágenes imperecederos ilustran el gozo de lo vivido. Innumerables testimonios lo ilustran. Nombres, títulos, estéticas, experimentaciones requieren una próxima crítica cultural abarcadora y analítica. Ahora, este acercamiento incita a reflexionar sobre el arte llevado a la pantalla grande por nuestro ICAIC que se visibiliza en la Televisión Cubana. Una y otra vez volvemos al desafío de “ser” otro ser humano; pues exige de cada intérprete rigor, saberes, estudios sistemáticos; creaciones concebidas en función del desempeño actoral en el relato convocado por quienes estructuran y dirigen historias significativas destinadas a cinematografías y audiovisuales. Al crear son conscientes de la importancia de la escena; esta, mientras dura, deviene acción parlante; también desde el silencio.
Sin dudas, el Cine Cubano es un llamado a comprender el sentido dramático de las ficciones y la percepción participativa de las audiencias. Muchas de ellas suelen pensar que el género melodrama demanda llorar y llorar, ciertamente implica emociones, incluso puede ser patético; pero en disímiles narrativas determina soluciones esenciales de los conflictos. Sí, en el melodrama la causalidad es premeditada. Justificarla en el guion garantiza la comprensión de actitudes propias y ajenas.
Al ver películas, documentales, animados, mediados por la comprensión de los elementos implicados en las puestas cinematográficas, se activan en los públicos motivaciones, de las que forma parte esencial el conocimiento en profundidad del resultado artístico.
De ningún modo lo obviemos, forma y contenido implican una relación recíproca. Las ficciones revelan valores, comprender el sentido cultural de cada obra fílmica implica artisticidades del diseño visual, densas introspecciones en actores y actrices; suntuosos despliegues de códigos sutiles basados en pasiones tormentosas.
Hay que hacer memoria y descubrir el presente. Los más jóvenes absorben las savias magisteriales de clásicos y establecen diálogos cotidianos en el retrato polifónico del ICAIC en un camino ascendente y transformador como sus propias simientes.
Fotos. / Leyva Benítez