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En busca de la mejor versión de El conde de Montecristo
Cada quien tiene su lugar de los sueños. El mío se nombra Montecristo y es el desolado islote del archipiélago toscano donde Edmundo Dantés encuentra la fortuna prometida por el abate Farías, y es el ostentoso château que Alexandre Dumas construyó cerca de París para vivir del recuerdo de su personaje más célebre, y es también Montecristi, región de la caribeña isla de Santo Domingo, donde creció Thomas-Alexandre Dumas, hijo ilegítimo de marqués y esclava, el conde Negro y general a las órdenes de Napoleón, padre del escritor francés y verdadero inspirador de las aventuras narradas en una de las novelas más célebres de la tradición literaria.
Pero los apasionados de una creación libresca no solo tendemos a ir tras las huellas de nuestra ficción por el mundo real, sino que además miramos con recelo cualquier intento de sacar esa historia perfecta de su entorno de papel para verterla en el celuloide de las películas. Los que llegamos a apreciar por igual la literatura y el cine, sin embargo, aprendemos con el tiempo que es siempre azaroso el proceso de transformación de agua en vino, y en consecuencia, el resultado podrá ser horrendo o divino, pero cada arte hay que juzgarlo según sus reglas y lenguaje específico, en lugar de pedir el exacto vertimiento del libro en la conversión fílmica.
Escrita, como se sabe, con la ayuda de Auguste Maquet, un “negro literario”, y sacada hacia 1845 por entregas, a la manera del folletín de esa época —directo precedente de las telenovelas o esas series de diez temporadas que hoy consumimos—, la obra maestra dumasiana ha llegado a las manos de los lectores contemporáneos generalmente en múltiples tomos, que albergan miles de páginas, sinfín de personajes, giros de la trama y variopintas peripecias. Incluida entre sus favoritas por Gabriel García Márquez y otros grandes escritores, El conde de Montecristo es una novela demasiado colosal, inabarcable, que adelanta a su modo todos los géneros populares que vendrían después.
Comienza como una trama de espionaje, con el joven e inocente marino involucrado en un complot para restituir a Napoleón Bonaparte en el trono de Francia y apartado del posible matrimonio con la bella Mercedes por la traición de su supuesto amigo Fernando Mondego y las manipulaciones del procurador Villefort y los ambiciosos Danglars y Caderousse. Luego, ya Dantés prisionero del Castillo de If, asistimos a un drama carcelario, y tras la asombrosa fuga llega el momento de las aventuras, con la búsqueda del tesoro y el nuevo rico en gestiones para trocarse en el misterioso conde de Montecristo, que emprenderá una vendetta contra los que le agraviaron. Desde ese instante, nos sumergimos en las turbias aguas de un thriller, donde se entremezclan romances, intrigas criminales, drama judicial, luchas de capa y espada y hasta atisbos de hondura psicológica y filosófica, puesto que el protagonista ansía justificar su personal apetito de venganza bajo la investidura de un ángel de la providencia en busca de justicia divina.
Los acérrimos defensores de la fidelidad al libro deben reconocer que tan abultado argumento no cabría en película alguna. Ya se ha intentado más de veinte veces en la historia del cine, y puede que de las tantas se recuerde, con bastante cariño, la adaptación inglesa de 1975, con Richard Chamberlain en el rol de Dantés, Tony Curtis como Mondego y la talentosa Kate Nelligan haciendo de Mercedes, o se admita que la hollywoodense de 1992 fue cumplidora, aunque muy simplificada, y que el protagonismo de Dantés encarnado por el discreto Jim Caviezel se lo tragara el secundario Mondego, merced a las dotes actorales de Guy Pearce.
Sucede que El conde de Montecristo atacó de nuevo en 2024, ahora desde Francia y con dirección y guion a cuatro manos entre Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, los mismos que recientemente habían ofrecido en dos partes una muy estimable traslación de Los tres mosqueteros, el otro gran clásico de Dumas. De entrada, hay que apuntar que con un presupuesto de cincuenta millones de euros, descomunal para una producción gala y apenas una bicoca para la media de Hollywood, dejaron una vez más demostrado que a los franceses nada se les da mejor que las películas de época, pues el diseño de producción no da margen para críticas en los apartados de ambientación y vestuario.
El virtuosismo estrictamente narrativo de la fotografía, una edición que hace pasar volando las tres horas de metraje, con renglón aparte para la densidad dramática aportada por la música de Jérôme Rebotier, son otros méritos de lo que ya muchos críticos se atreven a señalar como el mejor Montecristo cinematográfico de todos los tiempos. Quizás, la baza mayor es la elección del actor Pierre Niney, cuya escrutadora mirada basta para entrever las bruscas contradicciones entre ángeles y demonios internos del conde, si bien los veteranos Pierfrancesco Favino (abate Farías) y Laurent Lafitte (Villefort) encabezan el resto de un elenco que igualmente da la talla.
Es cierto que el libreto cinematográfico se toma bastantes libertades respecto al precedente literario, y omite, injerta o transforma personajes y situaciones, sobre lo cual no me voy a explayar aquí, porque caería en demasiados y auténticos spoilers. Pero confieso que esta película ha dejado complacido al fan absoluto que habita en mí, y no tengo dudas de que se albergará sensación similar en muchos enamorados del novelón de Dumas. En cualquier caso, invito a verla pensando en que al cine lo que es del cine, y ojalá que a las nuevas generaciones consumidoras de imágenes se les abra el apetito para hacer un cotejo con la experiencia de la lectura.
Tomado de Cartelera Cine y Video, número 232