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El milagro se repite: "Guardafronteras" desembarca en Cine Móvil
Hay noches que no son solo noches de cine, sino noches de memoria. Eso fue lo que ocurrió frente a las puertas del ICAIC, cuando "Guardafronteras", el largometraje de Octavio Cortázar, regresó a la calle a través del mítico Cine Móvil, esa modalidad itinerante que llevó el séptimo arte a los rincones más apartados de Cuba en los albores revolucionarios.
La coincidencia, si puede llamarse así, resulta demasiado perfecta para ser casual. Fue el propio Cortázar quien, en 1967, inmortalizó con su documental "Por primera vez" el asombro de campesinos que veían una película por vez primera, gracias a esas caravanas cinematográficas del ICAIC. Ahora, décadas más tarde, su obra de ficción volvía al formato que él mismo supo retratar con maestría, cerrando un círculo que la vida —y quizás también la providencia cultural— se encargó de trazar con precisión de guionista.
No es un dato menor: la iniciativa del Cine Móvil nació a fines de 1961, impulsada por Héctor García Mesa desde la Cinemateca de Cuba, con una premisa que hoy suena casi utópica: llevar el cine a quienes no podían llegar hasta él. Que esa misma filosofía se reactive en la actualidad frente a la fachada del ICAIC no es solo un gesto nostálgico, sino una declaración de principios sobre lo que el cine cubano quiso ser desde 1959.
"Guardafronteras" —con Tito Junco encarnando al sargento Margarito Soler y esa tensión generacional entre reclutas y disciplina que transforma muchachos en hombres— no necesitaba de este contexto para justificar su reestreno. Sin embargo, el hecho de que documentalista y narrador de ficción se fundan en una sola celebración le añade una capa que trasciende lo cinematográfico: es la historia reconociéndose a sí misma.
Frente a esa pantalla improvisada en la calle, el público no solo revivió las aventuras del "Pata Pelúa". Comprendió, quizás sin proponérselo, algo que el propio Cortázar entendió mejor que nadie: que el cine, cuando se despoja de butacas y paredes, recupera su función más elemental y necesaria: la de ser encuentro, comunidad, asombro compartido bajo el cielo abierto.