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El cuco voló sobre el nido de los nazis
Con su segundo largometraje, Cuckoo (2024), el cineasta alemán Tilman Singer (Luz) se sumerge, a consciencia o no, en las aguas más emponzoñadas del nada lejano pasado nazi de su país natal, y termina alegorizando con el personaje de Herr König (interpretado por el inglés Dan Stevens) el legado tenebroso de Josef Mengele, mad scientist de la vida real que superó las peores elucubraciones de la ficción.
Los experimentos antihipocráticos del Ángel de la Muerte (Todesengel) palpitan tras el casi absurdo experimento conservacionista que, tras la fachada de un inocente balneario montañoso, ejecuta el contemporáneo, pero a la vez extrañamente anacrónico König. Su indumentaria de meditada neutralidad y gélida sobriedad hace perfecta combinación con sus ojos amables y muertos. Y termina recordando al sádico doctor Moreau que en 1932 interpretara Charles Laughton para el subvalorado clásico La isla de las almas perdidas (Island of Lost Souls), de Erle C. Kenton, en la que ya se presagiaba el traje blanco que vistió el fugitivo Mengele encarnado por Gregory Peck en Los niños del Brasil (The Boys from Brazil, Franklin Schaffner, 1978).
Stevens se coloca con su personaje en la leve y peligrosa frontera que media entre el horror y la parodia, alcanzando una precisión tan grotesca como espeluznante. Genera a su alrededor un halo incómodo, casi irrespirable para todos los que interactúan con él. Sobre todo para la rebelde adolescente Gretchen (Hunter Schafer), que arriba al camuflado polígono experimental junto a su padre Luis (Marton Csokas), su madrastra Beth (Jessica Henwick) y su media hermana Alma (Mila Lieu), deviniendo factor imprevisto e impredecible para los planes de König.
Desde el inicio de la película, Tilman establece con Gretchen y su anfitrión una contrastante relación de antípodas nada complementarias. Esta final girl de nuevo tipo, huérfana de madre en pleno proceso de negación e ira, termina oponiendo las explosivas y volubles fuerzas de la plena espontaneidad, propias de su desordenada edad, ante los cerebrales designios de un ser calculador en extremo como König.
Caos y orden adquieren aquí connotaciones algo diferentes de las usuales: el primero resulta para la joven un espinoso pero idóneo camino hacia la saludable ruptura con los ligamentos del pasado doloroso y la adquisición de una autoconsciencia emancipadora. Mientras que el segundo parece remitir a los estratos reaccionarios más densos y atroces de la consciencia humana.
Allende esta perspectiva, otros fuertes antagonismos se intuyen en el relato: ética visceral versus razón virulenta, improvisación versus planificación (típica de muchas cintas slasher y de serial killers), libertad afectiva versus determinismo biológico, independencia versus control.
Con mucho más éxito que el sobrevalorado Jordan Peele (Get Out, Nope, Lovecraft Country), Singer se apropia de los códigos del susto y el terror para articular una fábula sobre lo perturbador, aunque no llegue a ser una película plenamente perturbadora. Pero sí emana las disonantes melodías de lo bizarro, lo esperpéntico y lo surreal, dialogando a través de los años con propuestas como la extraña Muñecos infernales (The Devil-Doll, 1936), del más singular aún Tod Browning.
Cuckoo contribuye a oxigenar el terror cinematográfico occidental, de la mano de recientes cintas como Saint Maud (Rose Glass, 2019), Censor (Prano Bailey-Bond, 2021), X y Pearl (Ty West, 2022), Stop Motion (Robert Morgan, 2023), Heretic (Scott Beck y Bryan Woods, 2024), No hables con extraños (James Watkins, 2024), Inmaculada (Michael Mohan, 2024) y La sustancia (Coralie Fargeat, 2024), por solo mencionar las más relevantes.
El relato se desplaza hacia los mismos bordes de lo inexplicable, aunque termina obedeciendo de cierta manera a los postulados del cine de horror con pretensiones más comerciales, y termina entregándose a una cuasi farragosa sobrexplicación acerca de todo el tapiz de misterios entretejidos en la primera mitad de la cinta. No obstante, la información está mejor dosificada que en muchas otras ocasiones y no escora hacia los arrecifes de la decepción. Más bien revela un nuevo inquietante estrato de lo real, completamente inmarcesible a la normalidad estatuida. Es un gesto ligeramente lovecraftiano. Siempre quedan cabos sueltos que generan suficientes interrogantes como para evitar un final satisfactorio, mucho menos feliz. La libertad adquirida por los supervivientes promete seguir siendo costosa.