"Doble Play" animado de Carlos Daniel Hernández León,

El Cinematógrafo: Doble Play

Mié, 05/06/2026

Desde En tres y dos (1985), de Rolando Díaz, dudo que quedase en el audiovisual cubano de ficción un documento tan decididamente sentido hacia el béisbol como el Doble Play de Carlos Daniel Hernández León, joven creador al que recomendé seguir la pista desde hace un par de años por otro cortometraje animado, Oggun el penitente. Más allá de la cercanía geográfica y generacional que nos une, lo que realmente me simpatiza de este autor es su propensión a la épica, su tendencia a contar el lado menos visto de las leyendas o cuentos cotidianos de turno, su infatigable creatividad.

Que lo haga además desde una animación tan eficaz como distinta a la que el mainstream nacional nos tiene acostumbrados, no hace sino redoblar mi interés en su obra futura.De momento, en lo que llegan proyectos ya anunciados como otro material deportivo —de boxeo, nada menos, junto a su guionista Boris Luis Alonso— y una Ilíada en largometraje —cuya sola mención en la presentación de Doble Play pasmó al público del Teatro Sauto antes de hacerle aplaudir—, tenemos la historia de César, un muchacho condenado a amar el béisbol de por vida, en lo que parece ser solo un primer capítulo para una saga mucho más extensa.

Conocemos al personaje en un momento clave de su vocación y de su vida, entre una infancia difícil y un futuro incierto, entre lo frustrado y redoblado de su interés por un deporte en específico. Ello, junto a sus relaciones de amistad preuniversitaria, las rivalidades en el terreno, o el propio carácter del dibujo que traza el drama, enmarca la obra dentro del subgénero spokon —dicho en otras palabras, el anime deportivo—; y si de un spokon esperamos ritmo, tensión, catarsis y plenitud, qué bueno, porque es lo que Doble Play nos da, incluso en cantidades para mí superiores a la reciente Oblivion Battery, dedicada a la misma disciplina en muchos más capítulos.

Gran parte de dicho mérito recae en la banda sonora, a cargo de dos tocayos —Javier Almeyda, compositor habitual de Hernández León, y Javi Strings, trovador que da voz y guitarra al tema principal— que parecieron comprender de sobra la importancia de lo musical en esta clase de productos. Hay momentos de irrefrenable disfrute en el plano estrictamente sonoro, de una emoción casi ochentera, en la estela de productos tan enérgicos y rastreables hasta aquí como Rocky III o los Street fighter. Tanto en los melancólicos flashbacks como en la enérgica vuelta al presente, el soundtrack de Doble Play guía la atención, acelera las pulsaciones y amerita una edición comercial para sus admiradores, que no somos pocos en ninguna de las dos provincias donde el corto se ha exhibido.

De mayor interés aún es el tono local que acaricia la narrativa; para los espectadores matanceros resulta muy especial que se muestre o se hable del estadio Palmar de Junco, del equipo Henequeneros, de Jovellanos, de entrenamientos con una sola pelota…, a la par que, en calidad de espectador universal, supongo que para los de otras latitudes ha de ser estimulante ver algo así de autóctono y gozar con la posibilidad de sus propias historias familiares, apegadas a sus propios territorios, siempre contadas en el lenguaje común de la épica. Todos tenemos algún sueño frustrado, alguno a medio conquistar, algún amor, algún amigo, algún rival, algún problema en casa, y con esos ingredientes pueden surgir espectáculos muy buenos.

En cuanto a la animación, su técnica y resultados, soy mucho más profano que cuando analizo cintas de live action, que es el campo fílmico cuyos secretos mejor conozco. Tal vez sea esa la causa de que me agraden tanto los animados independientes como los superproducidos: al desconocer sus interioridades, cuánto cuesta coordinar fondos y sombras y un simple movimiento de pies en plano general, acepto sin prejuicios el aspecto visual de cada uno para pasar directamente a gustar o no de la emoción que busquen producirme.

No obstante, saliéndome un poco de la objetividad crítica pero rehuyendo del paternalismo, algo puedo decir a favor de la armazón plástica del que nos ocupa: me constan por la vía extraoficial las prisas y dificultades que conllevó animar esto, máxime cuando emprender un proyecto así requiere, aparte de virtudes humanas, el mayor acopio de electricidad posible. Doble Play es, por tanto, un producto artístico de nuestro tiempo, que supone en sí mismo una declaración de intenciones y una reafirmación del “querer es poder” aunque, en palabras de su propio realizador, siempre queden cosas pendientes y el “último” retoque al producto terminado haya tenido que darse más de una vez.

De lo que escribo es, por tanto, de una obra todavía de aprendizaje, libre de pretensiones, imperfecta como me gustan a mí,  pero viva, palpitante, espléndida en su estructura, alegre de saberse montada, coloreada, sonorizada y estrenada, que se nota siempre camino a una mayor expresión de sí misma, a un horizonte de grandeza superior al del propio César, donde animar estadios enteros y un turno al bate en el punto álgido de un Clásico ficticio sea perfectamente posible para los orfebres de este sueño, en metraje largo y con un puesto asegurado en la memoria del público internacional.

Después de todo, la posible saga de Doble Play bien podría ocupar en el futuro un sitio de honor junto a El orgullo de los Yanquis (1942, Sam Wood), Por amor al juego (1999) o, por supuesto, su connacional En tres y dos. Hernández León promete batear aún más fuerte, más alto, más lejos.