here

El catecismo del señor Reed

Lun, 03/24/2025

                           “Abandonar toda esperanza quienes aquí entráis”.
                                         Infierno. Dante Alighieri                                                                
 
Heretic (2024), la nueva película del dueto de Scott Beck y Bryan Woods (Night Light, Haunt, 65), propone una perversa mixtura entre teorías conspiranoicas —que de alguna extraña manera trae a colación a They Live! (John Carpenter, 1988)—, “horror religioso” bastante cercano a cintas como El hombre de mimbre (The Wicker Man, Robin Hardy, 1973) y Mártires (Martyrs, Pascal Laugier, 2008), y la figura de Satanás, que cuenta con un interesante nicho fílmico propio.
El diablo, Lucifer, Voland, Belcebú, Mefistófeles es también bastante conocido como “el padre de la mentira”, de acuerdo con los mismos Evangelios. Embaucador brillante, sagaz y taimado, aparece dotado de un escalofriante encanto y una innegable elegancia. Estos rasgos los ostenta de sobra el personaje del señor Reed, que interpreta el británico Hugh Grant, devenido en la vejez actor de carácter tan sólido como fueran, décadas atrás, los numerosos héroes románticos que encarnó en exitosos filmes, nunca carentes de cierta renuencia e ironía.
En Heretic, el sexagenario Grant se convierte en el reverso malévolo de sus más (re)conocidas interpretaciones fílmicas, todo un Mr. Hyde, pero resulta igualmente magnético, hipnótico y full of charm. Sin confesarse nunca un avatar del amo de los infiernos, despliega con creces las astucias dignas de Mefistófeles a la hora de entrampar a las dos cándidas misioneras mormonas que acuden a su casa, las jóvenes hermanas Barnes (Sophie Thatcher) y Paxton (Chloe East).
Ambas muchachas son “tentadas” por un curioso señor Reed que aparentemente desea conocer más sobre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y probablemente ser convertido a este credo. Acuden a su recóndita casa, siguiendo el rastro de migas que la amabilidad del sujeto les ha dejado bien visible, y al entrar en este recinto se ven absorbidas por un vórtice multidimensional que pone en crisis sus percepciones sobre Dios, la fe en todas sus manifestaciones y sobre la realidad misma. Como si penetraran en uno de los círculos infernales, libres de la más remota esperanza de salvación y cordura.
Solo cuentan con un guía muy diferente del noble Virgilio que condujera a Dante por tan aciagos parajes hacia el purgatorio y el paraíso. Pues el señor Reed es experto en confundir, perturbar, abrir puertas ciegas y callejones sin salida. Y sobre todo trazar rutas de una sinuosidad gordiana para que sus discípulas forzosas aprendan a dudar de todo de la manera más rotunda y traumática.
Barnes y Paxton son sometidas a duras lecciones acerca de los verdaderos objetivos de las religiones a lo largo de la historia, a reconocerse como sujetos de la duda y no de la verdad, a redescubrirse como esclavas de voluntades superiores que han aprendido a disfrazar sus comandos con la optimista máscara del libre albedrío.
El señor Reed es padre de la mentira en un mundo que parece estar compuesto por estratos y más estratos de falacias. La verdad resultaría una fata morgana tan leve y débil que se desvanece con solo voltear la vista hacia su cuerpo translúcido. Así, no se puede ser padre, amo o rey de otra cosa que de las mentiras, a partir del lúcido convencimiento de que es la única esencia del mundo.
Esta verdad (la única) sobre el reinado absoluto de la falsedad debe ser burilada en las entendederas de las mormonas con un fuego tan poderoso como solo puede serlo el proveniente del mismísimo infierno. Y el señor Reed parece disponer de una buena provisión para escribir este catecismo abisal sobre los despojos en que convierte las corduras de Barnes y Paxton, a golpe de ingenio y malicia.
Aunque Grant reina sobre la película, Thatcher e East permanecen a lo largo de todo el metraje a su altura, con interpretaciones consecuentes de final girls que deben resistir y sobrevivir los embates del monstruo, aprendiendo sobre sí mismas, sus reales capacidades y límites. La “iluminación” infecta hacia la que el señor Reed quiere inducir a sus personajes parece entrañar la ineluctable destrucción; tan poderosa es la comprensión de su doctrina y su tesis antirreligiosa, de inquietante corte místico-conspirativo.
Heretic termina siendo una lóbrega parábola de algo confuso, una metáfora nihilista, apocalíptica, equívoca, de tan múltiples y posibles significados que desembocará en la nada caótica más absoluta. El señor Reed nos enseña que todos los caminos conducen a un abismo insondable mucho más allá de Roma.
Tomado de Cartelera Cine y Video, número 232