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David Lynch, el cineasta del otro lado
El 16 de enero de 2025, el cineasta, actor, productor musical y artista visual estadounidense David Lynch (nacido en 1946) abandonó el mundo de la vigilia en el que siempre fue un embajador extraordinario de las infinitudes oníricas. Era a la vez portero y prueba viviente del poder de lo que yace más allá, en el mundo de las ideas, de las representaciones, los arquetipos y lo finalmente indescriptible. Su mundo de imágenes, volcadas principalmente en su filmografía y sus pinturas —cual legatario de Hilma Klimt—, cuestionan plano a plano, secuencia a secuencia, trazo a trazo, la certeza de lo real.
La vigilia se presenta en películas como La abuela (The Grandmother, 1970) Eraserhead (1977), Lost Highway (1997) o en la serie Twin Peaks (1991-2017) como una caricatura enquistada del vasto territorio de los sueños, donde la noción de libertad se ve desembarazada realmente de todas las ambivalencias, sinuosidades y grisuras que la lastran en el plano convenido como lo posible, lo tangible y lo preciso.
El ser humano es libre cuando sueña, cuando las coyundas de lo real se diluyen en un torrencial flujo de imágenes, sensaciones y dimensiones. El abajo es lo mismo que el arriba, pero también es lo adelante y lo detrás, presente y futuro, alto, ancho y profundidad. Todos estos conceptos sucumben en un universo multidimensional, que no revela nunca la cifra total de sus planos. Los números también se prosternan ante abstracciones mucho más poderosas.
El cine de Lynch no quiebra la realidad, ni la desafía, ni le contrapone el universo onírico como opuesto discordante —mucho menos como reverso dual, al estilo de A través del espejo, de Lewis Carroll—, sino que parece más subrayar la impericia del ser humano para conciliar ambas mitades de su vida. Harto conocida es la estadística que demuestra que dormimos la mitad de nuestras vidas, y no deja de sentirse que perdemos media existencia en las más puras inamovilidad y especulación. Mientras que la obra de Lynch propone una vida más plena, en que se sueñe más conscientemente y se habite la vigilia con menos sentido de que resulta el único mundo posible con su miríada de limitaciones.
Coincidiendo con Lovecraft, Lynch parece apuntar todo el tiempo que “esa vida menos material es más verdadera, y que nuestra vana presencia en el globo terráqueo es el fenómeno secundario o puramente vital”, tal como el primero señala en su relato “Más allá de la pared del sueño”. Cada película, incluyendo las menos elogiadas como Dune (1984) o las más “realistas” como El hombre elefante (The Elephant Man, 1980) y Una historia sencilla (The Straight Story, 1999), resulta una invitación, a la vez que una puerta, un canal y una clave, para acceder al llamado inconsciente desde la más plena consciencia.
La obra audiovisual del director de Blue Velvet (1986) y Mulholland Drive (2001) —películas que además revolucionaron el género fílmico del neo noir, como no había sucedido desde Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965)— indica siempre caminos posibles al otro lado de lo estimado como concreto, de lo percibido como verdadero.
Lynch pone en crisis conceptos y términos opuestos como certeza y especulación, lucidez y aturdimiento, atención y distracción. Pues tras el telón rojo solo existen formas proteicas, lógicas universales, sentidos poliédricos. Los diestros y fructíferos manejos del lenguaje audiovisual de que hace gala Lynch en cada película terminan demostrando al final la propia insuficiencia de los códigos gestados en la vigilia para expresarlo y describirlo.
Lo extraño lo misterioso, lo enigmático, lo raro, lo absurdo, lo surreal, lo dadaísta, son algunas de tantas pruebas de la gran parvedad que padece eso que es enaltecido y validado como racionalidad, objetividad, coherencia, lógica, y tantos otros modelos castrantes de la posibilidad infinita. El error yace en pensar que solo es posible vivir cuando se está despierto, en cegar el tercer ojo, acallar los susurros que la materia oscura emite directo al oído interno, y en no ir a por el pez dorado que yace en las profundidades como su tesoro más valioso.
Tomado de Cartelera Cine y Video, número 232