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Como un riachuelo entre barrancos…
Luego del desliz sensiblero de Broker (2022), el director japonés Hirokazu Koreeda (Air Doll, Después de la tormenta, Un asunto de familia, La verdad) recuperó velozmente sus delicadas alturas con Monstruo (Kaibutsu, 2023), tras regresar a su país luego de esta aventura surcoreana; a la vez que se lanzó a explorar modos narrativos atípicos en su filmografía, devenida en gran medida una concienzuda indagación de los afectos parentales y una compleja carta de navegación por los azarosos mares de la familia.
Pero un relato como el de Monstruo, ganadora del premio al mejor guion y la Palma Queer en el 76 Festival de Cannes, en 2023, ameritaba una ruptura con las convenciones aristotélicas que hasta entonces había seguido el autor de marras, concentrado antes en otros dispositivos y recursos expresivos para articular sus historias mínimas, íntimas.
A partir del guion escrito por Yuji Sakamoto — quien sustituyó a Koreeda en un apartado comúnmente ocupado por él mismo—, el japonés optó por un nuevo abordaje de la estructura rashomónica. La multiplicidad de puntos de vista resulta aquí cardinal decisión dramatúrgica para desplegar una trama misteriosa, sinuosa y delicada en extremo, como la de los niños Minato Mugino (Soya Kurokawa) y Yori Hoshikawa (Hinata Hiiragi). El relato se despliega de manera radial, en constantes retornos, zigzagueos y hasta con perplejidades muy calculadas.
Con Monstruo, Koreeda se aboca a una zona marcada en las cartografías sociofílmicas como abundante en los siempre filosos arrecifes de los prejuicios contra el libre ejercicio de las preferencias sexuales de los seres humanos. Sobre todo en las ambivalentes etapas prepúberes, en que los sujetos se hallan en plena auto indagación, y se lanzan en ingentes búsquedas de unos yoes en estado líquido, frente a un mundo que se empeña en determinar los afectos de acuerdo a criterios eminentemente biológicos.
Los niños protagonistas viven una contemporaneidad nipona tan sofisticada como marcada por un machismo y un sexismo tan naturalizados como la represión erógena que fomentó las aún vigente leyes que vetan cualquier revelación explícita de la genitalia humana en las pantallas —con el consecuente auge del roman porn de la Nikkatsu en los sesenta y los setenta, o del manga y animes del género hentai.
El brote de afinidades y cariños alejados de las convenciones no puede más que sumergirlos en una verdadera marisma de sigilos, simulaciones, secretos y solapamientos, que resultan cifrados ininteligibles para las entendederas de los adultos circundantes. Sin muchos ambages, pero con una precisión que vadea cualquier libelismo militante o admonición moralista, los mayores de edad encarnan aquí alegorías de las grandes instituciones que acunan los primeros años de casi todos los seres humanos: la familia y la escuela.
Estos pilares socioculturales son estremecidos en la película por una serie de sucesos extraños que invitan a la especulación, abren innúmeras puertas ciegas, catalizan miríadas de especulaciones, repletan la mente de interrogantes y posibilidades abocadas incluso al terreno sobrenatural. Estamos ante una operación semejante al quizás mejor pasaje de toda la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: el que recrea el momento en que el niño Aureliano Buendía ve el hielo por primera vez, de la mano de su padre José Arcadio.
Koreeda transmuta la realidad en rareza, altera la melodía prestablecida de lo común, como si girara el gran fonograma de la existencia en sentido contrario al de la rotación prevista en el mecanismo del tocadiscos. Y nos deja escuchar el otro lado de los sonidos. Su perspectiva de lo rashomónico consiste, no en ofrecer versiones distintas del mismo acontecimiento —como sí asumen casi al dedillo directores tan dispares como el coreano Hong Sang-soo en Ahora sí, antes no (2015) o el inglés Ridley Scott en El último duelo (2021)—, sino en evidenciar cuán limitadas son las diferentes perspectivas y percepciones en juego.
La historia serpea como un riachuelo entre montañas caprichosas. Se extravía en cada recodo, reaparece sorpresivamente, aumenta su caudal sin transiciones, acelera su corriente en el momento menos esperado. Todo con alegría y tristeza de niño. Pura y trágica. Nadie puede percibir el cauce en toda su integridad, curvas y honduras. Todos siguen sendas tan juntas y a la vez tan distantes. Miran sin ver, entienden sin comprender. Todo está tan a la vista y a la vez tan recóndito. Los personajes imaginados por Sakamoto y Koreeda terminan convirtiéndose en riachuelos desesperados, que no consiguen seguir sus propios cauces. Solo Minato y Yori se desplazan con tenaz fragilidad por entre los barrancos.